Cuando los Montejo comenzaron vivían en el 20 de Julio; en ese entonces robaban apartamentos y desvalijaban carros, a veces también incurrían en estafas; sin embargo, no tenían, hasta donde sé, nada que permitiera tomarlos por unos rateros sofisticados. Lo de usar música para desviar la atención empezó como una ocurrencia fruto de la necesidad; no es cierto que fuera el resultado de una decisión tomada en reuniones clandestinas; como pretende sugerir el documental que hizo Ostra, “De cerca a los Montejo”.
Respecto a eso, tengo entendido que una noche se hicieron a un botín que incluía no solo joyas y algunos electrodomésticos, sino un acordeón Hohner de colección. Todo lo montaron al volco de la camioneta. Yendo hacia su casa fueron detenidos en un retén de policía para una inspección de rutina. Entonces Óscar, el menor (creo), le echó mano al acordeón y se puso a cantar como serenatero. Al verlo, los otros Montejo se pusieron a imitarlo. Debieron pasar por músicos que iban tarde para algún recital, pues en último momento el policía optó por dejarlos seguir.
Después de ese golpe de suerte fue que comenzaron a usufructuar la música para desorientar a la policía. No estudiaron gramática pero sí ganaron destreza en la interpretación de algunos instrumentos. Ya no se les ocurría salir a robar si no era con una guitarra o con un acordeón, que dejaban oculto en algún punto incipiente de su ruta de escape. Una vez hecho el robo recogían los instrumentos y alzaban un canto improvisado para que cualquiera que los viera los tomara por borrachos aficionados o por serenateros perdidos.
Pero, a mi modo de ver, la historia de esta compañía no empieza propiamente sino hasta que se unieron varias bandas delictivas para dar un zarpazo por encima de sus posibilidades particulares. Fue allí que a los Montejo, ya conocidos por lo de la pantalla serenatera, como habían empezado a llamar su modus operandi, se les delegó la función de “distracción”. Iban a robar la tesorería de un bufete de abogados especializado creo que en líos de propiedad horizontal, necesitaban despejar la entrada; además a menos de dos cuadras había un banco y pues ya se sabe como es la vigilancia en esas zonas. Allí mismo aparecieron los Montejo con sus instrumentos y llamaron la atención de todos, particularmente la de los porteros, pues sé por experiencia propia que son estos más proclives a dejarse llevar por la música que muchos otros funcionarios. La sustracción fue completamente exitosa.
Para esta ocasión, los Montejo no fueron empleados o contratados, sino que eran parte del proyecto y aceptaron la función que les fue asignada. Observando tan buenos resultados los Montejo siguieron siendo “empleados” por el ampa cada vez que necesitaba una manito de distracción. Al año o un poco más de estos contratos, relativamente frecuentes, la banda de hermanos rateros ya había dejado el robo para dedicarse exclusivamente al negocio de atrapar la atención.
Pero como los rateros tienen jefes, y las noticias vuelan, no tardó el gremio del narcotráfico en solicitar sus servicios. Así empezaron a verse funcionarios de los Montejo merodeando aeropuertos, muelles o metederos para hacerse pasar ora por músicos callejeros empecinados en una moneda, ora por músicos contratados para cantarle al teniente su canción favorita como si su esposa o algún otro familiar les hubiera pagado para ello.
Y como los narcos tienen jefes o socios que merecen todo su respeto, tampoco tuvo que pasar mucho tiempo para que un empresario bien informado les ofreciera (a los Montejo) por la compañía una suma que, según unos, apenas pasaba de cuatro millones de dólares,según otros, llegaba hasta los diez. Como esta clase de tratos no se sellan con papeles sino con palabras, y la verdad no cuento para este punto con las mejores fuentes, me limitaré a poner de relieve que igual es poco decir cuatro millones como decir diez si de lo que estamos hablando es de una empresa que actualmente capta por lo menos cien veces más de lo que captaba cinco años antes, época en la que se convirtió en una sociedad anónima, lo que sea que eso signifique en términos financieros.
Una administración equipada con profesionales más eficientes, sumada a un capital de inversión sobradamente mayor, son cosas que seguramente no puedo dejar de lado si voy a hablar del abrupto crecimiento de la compañía. Pero creo que nadie estaría dispuesto a negar que el gran acierto de los nuevos accionistas radicó en extender su campo de maniobras. Pues a partir de cierto momento la empresa, que dejó de llamarse los Montejo, ya no sólo se conformó con atender robos o desembarcos; sino que se arriesgó también a favorecer infidelidades, agilizar crímenes, justificar impuntualidades, facilitar encuentros o simplemente reconciliar a dos buenas amigas que habían dejado de serlo, como fue mi caso; que podría parecer insignificante pero seguro es suficiente como testimonio.
La pantalla siempre será a la medida del bolsillo del cliente. Sé de cosas tan insulsas como un concierto de Elton John, el primero y el único concierto de ese músico en la capital, para que la esposa del presidente dejara Palacio al menos hasta media noche. No estoy diciendo con esto que Elton John haga parte de la compañía, pues muchos músicos que terminan trabajado para ella ni siquiera saben de su existencia; basta con que haya el dinero para concretar a un productor de eventos, para aparecer en la radio a unas horas determinadas, para hacer que alguien compre cierto disco y se lo lleve a cierta persona que suele oír cierta música antes de la cena, basta con que esté el dinero para promocionar un disco en el lugar requerido, para cancelar un concierto y hasta para dar una serenata, como pretendían hacerlo los Montejo del comienzo. También hay que agregar que a estas alturas la compañía perjudica o beneficia a gente que ni ha contratado ni contratará jamás sus servicios, pues que yo sepa no hay nada que distinga sus canciones, sus artistas o sus eventos, de sus equivalentes en la vida normal, lo que sea que eso signifique.
Y eso es todo lo que he recopilado.
Me preguntan por qué acepté trabajar para la compañía. Bueno, la respuesta a esa pregunta podría limitarse a que necesito dinero; y estaría bien solo con eso sino fuera porque lo que voy a añadir no es una justificación moral sino una razón que surge al notar la afinidad entre su empresa (¿diré nuestra?) y mi propia forma de abordar las canciones. Mis canciones, como ustedes muy bien lo saben, vuelven una y otra vez sobre lo mismo. Con eso último me refiero a temas como la expropiación de uno mismo, o visto de otro modo, la dilución de mi pequeña vida en algo más grande que no entiendo pero que me permite vivir mejor, cosa que hago ahora mismo aceptando el cargo que ustedes, a través de un buen amigo, me ofrecieron.
¿Que si me siento mal? La respuesta es no, por qué habría de hacerlo, qué voy a saber yo si la causa para la que me presto acaba por ser buena o por ser mala. De hecho creo que ni ustedes mismos pueden dar cuenta de eso.

