En el último cuadernillo de lujo del Taller, hay un sticker holográfico de una aeronave. La fotografía es de Félix Nadar y fue tomada en 1868, la máquina: El Albatros II fabricada por Le Bris. Entre iridiscencias se ve una especie de aeroplano montado sobre una enorme carreta, su fuselaje es un híbrido de zeppelín y cuerpo de colibrí, sus alas son largas y acaban en punta; vistas desde abajo semejan las alas extendidas de un murciélago curvadas por el viento. Su cola es en forma de V con el vértice ligado al fuselaje, de la parte más anterior del fuselaje surge una vara larga que más parece una antena horizontal, un pico recto y excesivo que termina en aguijón. Sobre su único puesto se aprecia a un hombre de pie que lleva un sombrero de copa y un atuendo que parece una levita. Detrás de la aeronave hay una construcción rectangular que se insinúa como la bodega donde se hizo y se almacenó el Albatros II. En el borde izquierdo apenas se distingue la figura opaca de un hombre que parece estar vestido igual que el tripulante. Este sticker contiene un nanomecanismo que, al ser frotado algunos segundos, emite una señal de radio que puede ser captada y reproducida en cierta frecuencia por cualquier reproductor de radio.
La canción emitida no pudo ser más que una debido a las limitaciones de memoria en el mecanismo. El Taller, en sus 13 años y entre tantos proyectos, ha explorado con éxito diferentes medios como la animación en pantalla de agujas con theremin vox, las interpolaciones electroacústicas en captura de movimiento y el dithering en fondo congelado. Esta vez parecen haber superado las expectativas. Lo que empezó en un apartamento en bosque izquierdo (Bogotá) con guitarras, pliegos de opalina y tinta, ahora es un colectivo con “laboratorios” en Suecia, Brasil y Colombia.
De las primeros cuatro exposiciones no dejaron ningún registro sonoro pues consideraban la música sólo como un medio propicio para hacer surgir sus cuadros. Con la llegada de Benjamín Ostra, empezarían a circular las ediciones limitadas en vinilo con un folleto de sus imágenes.
Oír la música mientras se mira los folletos ha permitido establecer un campo de complementariedad audiovisual: tanto la música como el dibujo siguen un curso digresivo, con múltiples focos, una caprichosa retórica del argumento: en uno de sus folletos está la imagen de un piano de cola enredado en la cabeza de una mujer que mira unas banderas que ondean; en otro, unas palmeras que a medida que se prolongan se convierten en manos que sostienen una pintura del mar, pintura rota en una de las esquinas por donde entra la punta de un lápiz. Ambas y tantas otras, llevan su propia música, la mayoría de las veces se trata de canciones que, aunque varíen en su instrumentación, suelen ser extravagantes y poco memorables.
En esta última entrega, el taller ha optado por el homenaje. El cuadernillo, que en su primera página lleva el sticker del aeroplano, contiene 84 imágenes denominadas haciéndose al Vuelo, cada una de las imágenes es un día hipotético de los ochenta y cuatro que tardó Le Bris en la construcción de su obra. Junto a la imagen correspondiente al día 84 se lee: El albatros nunca despegó del suelo. Y así, no fracasó en su propósito de vuelo.
La canción que aspira a sintetizar las ochenta y cuatro jornadas no lleva título. Dice Benjamín Ostra en una entrevista que le hace la revista Supernova: “…es justamente la imagen faltante del vuelo, nuestra versión del día ochenta y cinco…” Aún así, su música añade algo inquietante: la batería, rápida y suave, evoca un movimiento que bien podría corresponderse con el ir rodando de la carreta siendo arrastrada por unos caballos y, por otro lado, el piano suena con una resonancia y unos efectos de glissando que más que el vuelo, evocan la inmersión. Como si el Albatros II, en vez de tratarse de un aeroplano emprendiendo el vuelo, fuese más bien una embarcación al naufragio que imperturbable, en el fondo, unos buzos alumbran con luz sepia.

Sonido de arranque y sueño del vuelo:


y vale, magnífico, Albatros II bereit.