Reporte de la muerte del sr. Genau Pendel (escrito por sus vecinos)

 ”El señor Genau Pendel, hombre pujante y pudiente, recientemente fue dado de baja por malnutrición” es lo que dice un pequeño titular. No me cabe duda de que es una patraña; lo sé porque conocí al hombre, y su vejez fue algo como la de la pobre viejecita que tenía repleto el refrigerador, pero vacía la alacena del alma. Este era de ese tipo de tipos, lo digo desdeñoso porque siempre me trató a las patadas… y a decir verdad, envío esta carta porque mis hijos, encontraban en el algo interesante. Arturo, mi primogénito, le escribió una canción que -en sus palabras- habla de lo que el viejo Pendel sentía con el paso del tiempo, de su minuciosidad a la hora de vivir. Para mí que eso fue lo que lo mató y no la tal malnutrición.

El señor Pendel había quedado ciego hacía algún tiempo, y sólo esa certeza había respecto a su persona. Muerto, nos dejó más preguntas que respuestas, y nadie hubo que lo recordara por otra cosa que por su ceguera. Apenas si supimos el motivo de su muerte, y cuando la noticia salió a la luz, sentimos más curiosidad que conmoción y apresuramos algunas lágrimas tibias. Ya no hay duda acerca de si fue o no un suicidio, bien claro quedó eso porque no fue necesario limpiar una sola gota de sangre.

Pero más que su insípida manera de morir, lo que ahora nos inquieta de verdad es su recóndita manera de vivir. El señor Pendel había quedado ciego por autosugestión, era un anciano meticuloso del que se dice que se deshizo de sus ojos, que los eyectó de sus órbitas con la ayuda de una cuchara metálica, y que por eso nunca se lo veía sin sus gafas de sol, gafas que nadie se ha atrevido a remover del cadáver. Cada uno de nosotros lo visitaba al menos una vez al mes, algunos –para ser sinceros– más por adulación que por afecto, porque el hombre era quien administraba este edificio y siempre fue preciso hacerle llegar el dinero de la renta sin tardanzas: a la hora justa del día que él determinara. Contaba cada céntimo con precisa rapidez, y no pocas veces lo vimos iracundo cuando el pago estaba mínimamente alterado, o cuando alguno de nosotros tardaba unos minutos de sobra subiendo hasta su apartamento. No hay duda acerca de su carácter estricto y sombrío. Y no era mal tipo, sólo que vivía atormentado en la penumbra de su residencia.

Sentado en una mecedora que se balanceaba en un perfecto vaivén, el señor Pendel atendía sus visitas con la puerta abierta, y como todos cerrábamos esa puerta al salir, no podríamos asegurar que era él quien giraba la cerradura antes de recibirnos. Suponemos que en la soledad también se mecía constantemente. Muy pocos sostuvimos con él una conversación de verdad, pues el hombre hacía lo suyo con el dinero y nos despachaba sin preámbulos. Sólo una certeza había respecto a su persona: su ceguera, de la que hablaba sin pudor. Ignoramos la hora exacta de su muerte, pero recordaremos bien la fecha como la del día en que uno de nosotros subió a su apartamento para la visita habitual, cruzó el umbral de entrada (la puerta abierta) y lo encontró cabizbajo y sin aliento, sentado en una mecedora que ya no se balancearía nunca. Su mano derecha sostenía un cuadernillo rojo, en el que descubrimos algunas líneas escritas –por él, asumimos– con insuperable tripulación ortográfica; su mano izquierda se había ennegrecido de manera grotesca, estaba hinchada y tenía fuertemente sujetado a la muñeca un discreto reloj de pulsera, en el que encontramos impresas las iniciales de su nombre, irremediablemente corroídas por el tiempo (la anterior expresión lo habría disgustado profundamente, pues el hombre vivía con  las cortinas cerradas).

“Ya no tengo tanto tiempo para ver las nubes acostado […] el día de hoy es como el de ayer y como el de anteayer, una manecilla larga seguida torpemente de una pequeña; ni la dicha de la ceguera me ha librado del péndulo al que nací atado. […] Téngame el Señor en su reino, y por misericordia, aténgame de saber qué hora es allí abajo”. *

 

Escrito y canción recuperados del baúl paralelo, en uno de los bordes de la gastada envoltura del disco se lee Pablo Trujillo.

 

 

 

Canción del Señor Pendel:

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