El portero dijo que no se podía levantar, que chillaba y tenía unos punticos de sangre en el hocico, ¡Cuántas veces te lo tengo que repetir!, no sé si se rompió la cadera o el cráneo. No me ayuda en nada tu preguntadera, si estabas tan interesado no debiste haberme pasado el teléfono para que yo hablara… discúlpame—volvió Maru después de unos segundos— no quiero discutir, es estúpido discutir.
Avanzábamos muy despacio por la autopista. No había transcurrido ni media hora desde que el portero llamó a contarnos que Aurelio se había caído del balcón. Al principio tuve el impulso para convencerme de que el perro iba a estar bien; pero el tráfico, la escasa movilidad y el golpeteo del lapicero de Maru contra el vidrio, un golpeteo completamente incoveniente, fueron disipando esa seguridad en un nerviosismo que yo intentaba compensar con malos resultados.
Bueno, siquiera es un tercer piso—le dije a Maru—, y Aurelio es cachorro, los cachorros suelen ser más elásticos.
Un tercer piso, sí—respondió—, pero de los altos. Además, ¿No has oído que los pastores alemanes son el tipo de perros que más resultan teniendo problemas de cadera?
Por la forma cómo me lo dijo diría que estaba jugando a ver quién era más duro. Me dieron ganas de responderle que de la cadera al cráneo ya había mucho terreno ganado. Pero me quedé callado.
Seguimos en silencio hasta llegar al semáforo donde se cruza la autopista con la avenida Los Tíjaros. No es raro encontrar allí algún tragafuegos, algún Malabarista de naranjas o algún hombre llevado en silla de ruedas por otro que recauda. En cambio nada de eso fue lo que vimos. Habíamos quedado de primeros en la fila, el semáforo estaba dañado pero había un policía de tránsito que nos tenía parados, estaba dando paso a los carros de la avenida. Mientras tanto un grupo pequeño se nos puso al frente moviéndose como en una coreografía. Tres hombres ayudaban a sujetar un enorme sombrero que se articulaba no sólo a la cabeza sino también al cuello y la espalda de una mujer. Una vez quedó puesto pudimos ver que aquello que la mujer llevaba en su cabeza era un piano de cartón.
Cuento ocho octavas, tamaño normal para piano de pared—dije—. Me siento cómo en una película de Fellini.
Yo me siento—dijo Maru— como en el cruce de la avenida Los Tíjaros con autopista, yendo por Aurelio que cayó de un tercer piso.
La mujer había dado media vuelta, el piano se veía de perfil y uno de los coreógrafos se subió a los hombros de su compañero para hacer como que tocaba el piano. No sé de dónde salía la música, pero empezó a oírse el sonido de un piano tabernero. Sonaban opacas las teclas altas. Al tiempo la mujer comenzó a cantar y yo bajé los vidrios para oír mejor. El coreógrafo, sobre los hombros de su compañero, doblaba con sus dedos el sonido del piano desfasándose cada vez que necesitaba recobrar el equilibrio; ella cantaba su canción y yo saqué mi libreta dejando a un lado lo que pudiera pensar Maru de mí; el coro decía:
Se riega el agua sobre el mantel
Y los vecinos se duermen
Hoy no has venido tras el tropel
Búscame la otra semana
A pesar del aire tabernero del piano el canto sonaba a pura tonadilla de villancico. El tiempo que el policía nos tuvo detenidos dio para algunos minutos de música. No alcancé a anotar pero recuerdo que también decía algo sobre su amor esperando en la ventana como un cuervo con el ala rota.
Qué curioso—dijo Maru cuando arrancábamos, dejando caer un billete junto a ellos—, esa frase parece sacada de una canción de Dylan, la tengo en la punta de la lengua. Ay, no, no.. esa no es.
La angustia que los cantores equilibristas habían despejado volvió a reconcentrarse apenas estuvimos cerca del edificio. Era como una sombra en el estómago. Cuando llegamos el portero tenía a Aurelio sobre una cobija ensangrentada. Parecía un lobito herido y asustado. Lo subimos al carro, tenía la lengua hirviendo.

