El día que se conocieron era el primer día soleado después de casi un mes de lluvia. Al entrar a la casa sintió que era bienvenido por él y no tanto por ella, por esa especie de novia que inmediatamente le pareció demasiado convencional para la fama de un hombre del que había oído tantas cosas. Hablaron al principio de los preparados homeopáticos. Santágueda había estado enfermo y ya había repetido muchas veces que su relación estaba rota con la medicina occidental. El hombre le habló de dinamizaciones, de diluciones, de la memoria del agua y de la importancia de tener en cuenta las fases lunares y sus pasos por los distintos fondos zodiacales. A Santagueda al principio le bastó con definirlo como un hombre curioso, interesante, un poco excéntrico y acaso inteligente; pero a medida que se miraban Santágueda empezó a sentir que había algo más, que de pronto ese hombre era como un hombre antiguo, que la inquietud que encontraba en lo abrupto de sus pómulos llegaba a neutralizarse y hasta a darle sosiego a través del azul gris de sus ojos. Después de hablar de muchas cosas el hombre le dijo que su enfermedad era de origen felino, que lo primero que debía hacer era cazar un gato, cazarlo con sus propias manos y darle una muerte a la altura de la vida del gato y de la suya propia; una muerte llena de sensualidad, de entrega, de ofrenda y de petición. Le dijo que luego incinerara el mesenterio del gato y pasara a diluir las cenizas en agua lluvia, y mezclara con un palo de enebro una hora a la derecha y una hora a la izquierda; mientras tanto debía reproducir minuciosamente la imagen del gato en su imaginación, en su respiración y en el ritmo de su corazón. “Con buenas artes”, le dijo el hombre a Santágueda, cada una de estas cosas debe ser hecha con buenas artes. Santágueda lo miró y procedió a contarle que él hacía música, específicamente canciones de esas cantadas—le dijo Santagueda como menospreciándose—, en las que últimamente se había dedicado a cantarle a las cosas a las que usualmente no se le cantan, por ejemplo a una mesa plegable o al musgo casi rojo de los troncos de eucalipto que en algunas partes usan para hacer alambrados; ¿será Juan, preguntó Santágueda, que yo podría hacerle una canción al gato para que se vaya? Juan lo ponderó con su mirada y dejando asomar unas acuosidades en sus ojos le dijo que eso podría ser aún más intenso que matar al gato, que si lo hacía como un acto meditativo podría con sus canciones llegar a visitar lo invisible, a dialogar y pedir cosas, a pedir por las cosas, por cualquier cosa; y ahí se daría cuenta que las podría llegar tener, pero quizá no con resultados, sino con la posibilidad de que no tenerlas llegara a significar algo distinto, algo necesario.
Esa misma noche Santágueda sintió que no podía distinguir muy bien entre su imaginación y su memoria.

