Alpacora Apócrifa

Cierta casa disquera Colombiana lanzó una reunión completa de la obra del Alpacora. La edición viene en tres discos que se encuentran al interior de una caja de cartón de textura suave y ligeramente rugosa con un color gris azulado. El librillo que se extrae de uno de los pliegues de la caja contiene las letras de más de cincuenta canciones superpuestas sobre imágenes del Alpacora desde sus días de niño (las épocas en las minas de marmato), hasta sus días de vago por la avenida Jiménez de Bogotá. La recopilación incluye algunas fotos inéditas de las épocas del ferrocarril de la sábana en que el Alpacora fue conocido como el Retratista Coplero.

La calidad de las grabaciones es admirable si se tiene en cuenta la escases de recursos que acompañó la vida del Alpacora. Buena parte de las canciones fueron grabadas en el estudio del barrio prado, en la ciudad de Medellín, que le patrocinaba cada tanto su tío el cura de Venecia (Antioquia). Según se sabe al Alpacora la música le dio poco más que para el diario y eso no siempre. Su quehacer era el de un cantautor con más perfil medieval que contemporaneo: errante, desentendido de trámites, a merced de sí mismo y de las buenas voluntades.
Nada de esto lo dice la recopilación, lo añado porque hasta hace media hora no lo sabía y algo un poco peculiar me llevo a ello:

Hará menos de un mes que compré esta recopilación y estando en mi casa oyéndola me puse a buscar una canción que poco tiempo antes me había mostrado Benjamín Ostra (el mismo que ahora lidera la propuesta de el Taller cuando trabajamos juntos en la fabricación de un holograma sonoro para fotografía de una aeronave llamada el Albatros II.
Recuerdo que en una de esas reuniones estuvimos hablando sobre el valor de las versiones distintas de una misma canción. Yo lamenté la falta de ejemplos notables en Colombia. Benjamín no dijo ni sí ni no; tampoco noté que le llamara mucho la atención el tema. Seguimos conversando de alguna otra cosa que ya no recuerdo y unas dos semanas después, reunidos revisando el mecanismo del Albatros II, Benjamín dijo que había olvidado mostrarme algo que iba a cambiar mi opinión acerca de los covers en Colombia. Me prestó sus audífonos y no tardé mucho en darme cuenta que estaba oyendo una versión de A day in the life. Sí, A day in the life, una canción como A day in the life que yo oía sin crescendos orquestados, sin transiciones de Lennon a McCartney y de McCartney a Lennon, sin alarmas de despertador… ni siquiera era la letra de A day in the life así que ni decir que la canción que yo oía fuera a acabar con el rotundo acorde en mi mayor que después de un glissando de más de veinte compases cierra la original. Cuando la terminé de oír no importó que yo del Alpacora solo hubiera oído Gonzalita y negros frenos, supuse inmediatamente que se trataba de él. Creo que se debió más a la voz que a los rápidos fraseos de guitarra. No es difícil reconocer esa voz nasal como de niño viejo una vez se ha oído.
Estaba fascinado, había convertido A day in the life en poco más que un silbido que daban ganas de tararear una y otra vez.
Nos quedamos un rato hablando de cómo la dirección de hacer covers suele ser la contraria. Cada vez nuevas versiones más arregladas. Hablamos de la falta de austeridad y la necesidad de ornamento y limpieza que confunde a tantos productores por estos días. Benjamín dijo que ahora a la gente no se le daba música sino soniditos y me pidió que imaginara que los libros se imprimían con la caligrafía de su autor; dijo que no estaría mal una buena caligrafía, disfrutar algo de ella; que tampoco estaba de más sentirse incomodo ante ciertos errores ortográficos; pero una cosa ya muy distinta—dijo con enfasis— es que la caligrafía, la ortografía y el tipo de papel lleguen a ocupar un lugar tan o más importante que el mismo relato, ¿donde se ha visto eso?—Preguntó Benjamín—.
En los productores y el público contemporáneo—sé respondió—
En ese momento me tuvo sin cuidado ese lado de Benjamín. No tenía importancia que el fuera así cuando la canción que me había mostrado era la canción que me había mostrado.
En los días siguientes tuve mucho trabajo y no lo volvi a ver, de todos modos por poco que hubiera pensado en A day in the life seguía con ganas de oírla. Di por sentado que estaba incluida en la recopilación que había comprado. La busqué. Revisé varias veces el librillo en mi casa, hasta llegué al fondo de cada uno de los tres discos con la esperanza de que pudiera haber sido incluida como canción escondida. Nada. Llamé a Benjamín. No me contestó.
Hace un rato y después de casi un mes de no haber encontrado a day in the life en la recopilación, coincidí en un restaurante con Gabriela—novia de Benjamín—. Era hora de almuerzo y los dos íbamos solos así que nos sentamos juntos. Hablando de cosas llegamos al tema de la canción y me contó todo de un modo muy natural. Claro que antes de contarme lo que me importaba no le faltó decir que Benjamín era alguien que se tomaba muy en serio sus convicciones estéticas, que la música se la tomaba a pecho, exactamente esa fue la expresión. Quise preguntarle algunas cosas acerca de eso último pero Gabriela es una de esas personas que cuando empiezan a contar algo ya no dejan participar a nadie más, así que siguió diciendo cosas por el estilo para por fin llegar a contarme que Benjamín había pasado varios días trabajando en el estudio de el taller en una versión de A day in the life que debía sonar al Alpacora. Así que utilizó todas las artimañas de producción a su alcance para hacer esa canción difusa y de baja resolución que yo había tenido la oportunidad de oír. Brindamos por la canción y no cambiamos de tema en el resto del almuerzo. Entre muchas cosas le dije que no veía sino cosas positivas en un Benjamín mudándose del plagio a la falsificación. Le dije también, en tono de elogio, que ese era un salto creativo digno de un moribundo; pero creo que malinterpretó el sentido de mi frase. Al despedirnos tuve la impresión de que Gabriela quería decirme algo más.
Tal vez fue mejor que yo no mencionara la duda de si la canción, al utilizar todos los medios para hacerse austera, resultaba arruinando su propia intención. Conociéndola, me tomaría por un envidioso.

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