Tarde
El bosque nos demoró más de lo que teníamos planeado. Había demasiado barro. Si no es porque Santi me obligó a seguir habríamos acampado en los alrededores de la casa de Cerromonte. Realmente de la casa no quedó mucho. Después del incendio dizque habían prohibido acampar allí. Pero nadie parece hacer mucho mucho caso, cuando pasamos vimos unas seis carpas armadas. Pudo haber sido más prudente quedarnos ahí; pero seguimos, a pesar de que ya eran más de las tres seguimos. Normalmente no se recomienda tomar estos caminos de tierra ya tan entrada la tarde. Aquí arriba se llena de niebla y cuando ha caído una lluvia como la de hoy el lodo hace parecer que más de una dirección es correcta. Santi dijo hace nada que no nos hemos salido del camino. Faltan diez para las seis pero cualquiera diría que son las seis y media. No es que tenga miedo, lo que pasa es que no me da buena espina tener los pies y las manos entumecidas mientras veo como Santi llega a cada bifurcación del camino haciendo como que se sienta a pensárselo. Desde hace una rato he estado viendo la aparición intermitente de una lucecita purpura en mi ojo izquierdo. El sonido que hacemos al caminar le imprime una monotonía extraña a este trayecto. Es como si de nosotros pasáramos a ser algo más vago, como si nos convirtiéramos en un solo caminante, en el mismo que anda en todo caminante. No sé qué pienso, sé que quiero llegar y que la luz se está acabando. En el morral traigo lo necesario para dormir donde nos toque dormir. La sensación en los labios me distrae, cada vez que paso la lengua por ellos es como si quitara una capa de piel, como si me estuviera desollando y comenzara por ahí, por los labios. Es curioso que con tanto frío pueda respirar tan bien por la nariz. A medida que avanzamos veo más frailejones. Esta poca luz hace que las hojas, en su amarillo verdoso de cobija vieja, irradien un extraño efluvio. Me siento muy cansada pero no puedo evitar sentir que los frailejones, ahí tan impasibles y tan rectos, parezcan una horda de monjes en meditación profunda. Andamos aquí arriba y no sólo siento que se respiran otros aires, sino que la meditación de los frailejones es algo serio que compromete cosas cuya importancia no alcanzo a entender. No sé qué pienso, es raro yo pensando estas cosas, es raro que todo sea así de espontáneo y no caiga yo en cuenta de que todo es raro más que por costumbre. No, no es raro. Es distinto pero no es raro. No conozco el nombre de los pájaros que pasan y chillan. En el sitio donde las compré dijeron que las botas y la chaqueta eran impermeables, en la quebrada se me fueron los pies hasta las rodillas y no sé si tendría los pies secos de no haber estado el tronco tan resbaloso. La chaqueta es una estafa, no hay nada que agregar. Parece que hubiera una relación entre pasarme la lengua por los labios y ver el punto purpura en mi ojo izquierdo. Santi me pregunta que si estoy muy cansada. Lo normal, le respondo, le digo que si quiere me puede pasar la carpa, que yo la puedo cargar hasta que lleguemos. Me dice que no, está muy cansado pero sé que me dice que no para no restarse dignidad cuando lleguemos a armar carpa junto a la casa del Dintal. Siento que algo se distiende, es como si mi cansancio se hubiera estirado tanto, que cada parte de mi cuerpo siente haberse liberado de una pesadumbre que parece que siempre había estado ahí y que apenas ahora percibo. El viento viene por tandas, ahora mismo se fue y no puedo decir que haya silencio con todo lo que suenan nuestros pasos.
Noche
Le dieron un tiro de gracia. Me cuesta recordar cómo y cuándo, pero a Santi el tiro se lo dieron entre los ojos. La luminosidad es conmovedora, deben faltar unos dos o tres días para luna llena y la luz que cae sobre las hondonadas tupidas de frailejones hace que este lugar parezca otro planeta. Se ha disipado la preocupación por llegar. Cuando me dispararon sentí que algo se distendía, todo quedo como quieto y claro. Sí, muy quieto y muy claro. Eso fue lo que más me aterro, me aterro más que la siniestra inminencia de la muerte. Esperaba una transición más brusca, un apagarse de las cosas, un incierto intento por reconocer algo distinto. Cada tanto pasamos una nueva laguna, un riachuelo. No hay nada de viento. No sé cómo se fue el miedo. Seguimos caminando ¿qué más íbamos a hacer? Uno camina para concentrarse y distraerse. Concentrarse en nada, preferiblemente. Al fondo y a lo alto brilla la nieve de cerro-alfiler. La luz de la luna le da una extraña inmovilidad a este paisaje de valle ¡Qué noche! Yo pensé que todo sería muy extraño pero me veo aquí, andando, lejos todavía de exceder mis fuerzas. Santi me señala una ladera y dice que detrás de ahí queda la casa del Dintal. Algunos pasos se hunden y en los tobillos empiezo como a sentir un latido caliente, no importa qué tan mojados lleve los pies, siento como si ese calor me empezara a secar las medias ¿A dónde va a parar esto? ¿Nos verán los otros cuando lleguemos a la casa del Dintal? En momentos como este, caminar está más cerca del reposo que quedarse quieto. Con cada paso viene un ligero dolor escalonado, un empeño triste nos mantiene y es absurdo que ya no haya rastro de nuestras heridas. En la frente de Santi ya no se ve nada. A veces paso mi mano por la cabeza y mi pelo tiene un tacto pegajoso y acartonado, otras veces paso mi mano y sólo siento el pelo helado. La luz purpura que aparece cada tanto en mi ojo izquierdo parece poner un poco de alivio sobre las cosas que no vienen bien. Subimos por un camino de tierra con troncos empotrados, sino fuera por estos troncos resbalaríamos o quedaríamos atascados, no es poco lo que ayudan. Le pregunto a Santi si se encuentra bien. Sí, me responde, aunque me preocupa que como la otra vez, los del Dintal se hayan acostado y no nos dejen calentar nada en la estufa. A mí lo de la estufa ya no me parece tan importante, los pies se me han ido calentando y creo que con las galletas y el atún tenemos más que suficiente. Santi trae unas sopas de sobre y una pasta, dice que después de una jornada como la de hoy hay que acostarse con una comida de verdad, mañana no va ser más fácil.
Madrugada
Ha estado amaneciendo más temprano. Faltan diez para las cinco. Habíamos quedado en salir a las cuatro. Mírese como se mire tomar una ducha a esta hora no es una buena idea; el retraso lo cobra la montaña. No sé cómo fue pero mis papás dejaron que Santi durmiera aquí. Subir a la montaña es una buena forma de recomenzar todo. Ir al alfiler se ha vuelto más difícil después del incendio, como no hay nadie que reciba los morrales en Cerromonte nos toca subir con toda la carga desde abajo. No me convence para nada eso de que llevar el reproductor a la montaña sea una falta de respeto ¿Falta de respeto con quién? ¿Con la montaña? Si no lo llevo es para evitar que una de esas personas que uno se encuentra por allá no se antoje demasiado y se lo quede, ya se yo cómo son las cosas por allá. Mientras Santi sale de su ducha le doy una última oída a esta canción. No creo como todo el mundo que este disco sea un disco mediocre. De hecho me parece mejor que el anterior y que algunos otros. El comienzo lo define todo: Un motivo melódico que antes de llegar a la sexta repetición se estropea y se atasca, y llega a constituirse en el fondo del resto de la canción, sonando en su vaivén bitonal como un cúmulo de luces que fluctuaran del purpura al marrón en la visión de alguien que se está muriendo.

