La Cuna de Venus

La semana pasada tuve un encuentro en la plaza de Filandia. Un anciano vino a sentarse junto a mí en una de las bancas que dan hacia la iglesia. Lo saludé maquinalmente a lo que él me dijo algo sobre lo tarde de la hora. Me preguntó si me importaba oírlo, por supuesto que no, le contesté. El anciano dijo llamarse Cristóbal, me contó que había nacido en Filandia pero que a partir de sus treinta años había vivido en muchos lugares de Colombia, nombró unos veinte pero sólo retuve Marmato, Pitalito y Santander de Quilichao. Dijo que de joven se había dedicado a la música, especialmente a los boleros. Me preguntó que si me gustaban los boleros, le respondí, con un poco de vergüenza, que casi desconocía por completo el género. Él no parecía prestar mucha atención; a medida que seguía hablando fui entendiendo que las preguntas las hacía más bien con la intención de seguir oyendo una voz en medio de sus pausas. De joven había trabajado cantando en un lupanar muy reputado de Filandia conocido como la Cuna de Venus ¿Qué es lo qué es un lupanar? Le pregunté, respondió que un lupanar era una mancebía. Preferí no preguntar que era una mancebía. Hace más de cincuenta años este fue un pueblo de mucho comercio, decía don Cristóbal, de gente emprendedora que luego habría de hacer cosas importantes para el país. Nombró algunos apellidos, diré, por decir algo, que hablo de los Guinan y de los del corral; pero pudo haber dicho igualmente Aristizabal o Reboyedo. La fuerza que ponía en su relato me hizo caer en cuenta de que el viejo podía estar hablando de algo que luego iba a querer recordar con detalle, así que le pedí permiso para grabarlo. A partir de aquí transcribo: …cada sábado percibía algún dinerito por ir a entretener los díscolos acaudalados del pueblo, esas sí que eran fiestas, yo cantaba lo que me pidieran y cuando se acababan las canciones me las inventaba… Un amigo que por ese entonces era el único mecánico del pueblo me ayudaba de corista y tiplero. Eran épocas extrañas joven, yo cantaba canciones en donde las putas mientras sangrenegra, chispas o desquite mataban aquí y allá. Pero la vida continuaba, en las peores épocas es cuando la gente más necesita divertirse. Hace poco oí una frase que decía “Un oasis de horror en un desierto de aburrimiento”; y así fue, la violencia nos sobrevino después de un aburrimiento que también nos estaba matando. De lo que yo hacía en la cuna de Venus también podría decirse que tenía algo de horroroso; pero mientras los bandoleros hacían lo que hacían, el mío parecía un oficio tan honorable como cualquier otro: Cantar, cantar cualquier cosa mientras el país se desmoronaba. Tengo ochenta y cuatro años y desde las épocas de la segunda guerra mundial oigo decir que ha llegado el fin de los tiempos, la verdad es que el cincuenta y dos para mí sí que pareció el fin de los tiempos. En cada época las personas van a tener buenas razones para pensar que estamos al borde del final, a mí por lo menos no me queda duda de estar por llegar. Le decía joven, este pueblo me oyó cantar, son pocas entre tantas que hice las canciones que recuerdo. Puedo decirle que tenía una sobre los columpios que a la gente no le podía faltar, decían: Cristo, Cristo danos un poco de melancolía para las chicas… entonces yo les cantaba: Que vamos, que venimos, que volvemos y ¿qué fue?, nos bajamos del columpio con reservas de volver… algo más decía, la verdad es que siempre le cambiaba la letra. Mi amigo, el mecánico, también se inventaba partes, ese tipo entre más borracho mejor tocaba el tiple. Ay joven, podría decirle que estoy triste, pero la verdad es que siento como si todas esas cosas le hubieran pasado a otro, como si las hubiera leído o visto en un progarma de televisión hace ya muchos años. Ahora que me escucha y que veo que no le incomodo, quisiera contarle del día que llegó Sangrenegra. De política no voy a hablarle joven, sólo le diré que mi papá era conservador el día que se apareció sangrenegra por la cuna de venus. Me preguntó si a mí era a quién llamaban el ruiseñor, le dije que sí. El tipo dijo que ese nombre le sonaba a mariconada, pero que quería oírme cantar; así que le canté algo. Sangrenegra dijo que ya alguien le había dicho algunas cosas de mí, pensé que se refería a la filiación política de mi padre; pero no, sangrenegra quería que le hiciera una canción a su corte de franela. Me sentí despreciable: o musicaba su corte de franela, o me atenía a que él se animara a hacerme uno a mí. Me tomé un vaso de aguardiente y pedí papel prestado, en menos de diez minutos le estaba cantando su canción. Después de eso no crea que deje de cantar, todo lo contrario, fue un reto que cumplido me demostraba de todo lo que era capaz. Y quién sabe qué habría hecho, puede que usted supiera algo de mí si otra noche menos afortunada no hubiera perdido este brazo te estaba buscando— fin de la grabación—. En ese momento llegó una mujer que cristóbal me presentó como Leonor, su nieta. aparentaba poco menos de treinta, de piel muy blanca y pelo negro, me miró como si fuera un intruso. Traía sobre ruedas una pipa de oxígeno.

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