Tercera Vez

En los diez años que llevo viviendo en esta ciudad me han robado tres veces. La primera vez fue en un bus, me arrinconaron dos tipos y se llevaron mi billetera y el celular. Algo me habían advertido de los buses; pero yo, a diferencia de muchos de mis compañeros de universidad desde que había llegado a esta ciudad me sentía protegido, sentía que la ciudad de la que vengo era más peligrosa y eso me daba sino la habilidad para enfrentar un ladrón, al menos sí la capacidad de detectar a tiempo una situación de riesgo. La segunda vez, fue bajando por la avenida los tíjaros: había salido de un bar en la rampa, fue mi culpa, estaba borracho y paré en un cajero. El tipo parecía embalsamado, creo que era un yonqui. Me abordó con una pistola y se limitó a hacerme sacar todo el dinero que es posible retirar en un día. No estoy seguro pero creo que al final le di las gracias por haber parado las cosas ahí.

Lo que pasó la semana pasada, supongo, cuenta como una tercera. Iba por el centro buscando un lugar de películas piratas del que me habían hablado. No me fue difícil ubicarlo, en la zona habían personas paradas en las aceras con hojas plastificadas en sus manos y abordaban a todo el que pasaba con una oferta que parecía más bien de drogas. Me acerqué a uno de ellos y antes de dejarlo terminar le pregunté por Twin Peaks, la serie para televisión que hicieron David Lynch y Mark Frost. El tipo miró en una de las hojas plastificadas que estaban llenas de nombres en letra muy menuda y dijo que sí, que la tenía; pero que debía esperar unos quince minutos mientras él iba a la caleta. Le dije que no, quince minutos seguro iban a ser más que quince minutos
—¡Ah no hay problema! si quiere me acompaña— dijo—. La propuesta no dejaba de ser sospechosa, pero la expresión bonachona del vendedor y mi inagotable propensión a los cuchitriles terminaron por decidirme. Andamos unas tres calles y entramos por una puerta pequeña empotrada en unos bajos. Desde que entré me golpeó el olor, era un olor como a óxido que destemplaba los dientes. Cerró la puerta y vi que estábamos en un solo espacio, un cuarto amplio con cajas esparcidas por el suelo, al frente había un baño sin puerta. No estábamos solos. Una mujer nos saludó mientras organizaba el contenido de una de las cajas. Tenía una minifalda fucsia y una blusa negra con estrellas plateadas y brillantes. Mientras él hurgaba en las cajas yo me recosté contra la pared y sentí o creí sentir un mal presentimiento; no estaba asustado pero sentía que estar ahí me comprometía con algo mucho más delicado que la piratería. La mujer cantaba una canción de la que al principio no alcancé a distinguir casi nada, pero como repetía y repetía el mismo estribillo terminé por grabármelo:

Mi espalda sobre el muelle
Venciendo las tablillas
Viendo formas en las nubes
Contra el Azul.

No pude identificar el género, tal vez era un bolero. Me pareció que la canción era extraña y definitivamente no era el tipo de canción que esperara yo oír de una mujer como ella. Desafinaba pero no se le oía mal, como si el estribillo fuera disonante y con cada frase se balanceara buscando su centro de equilibrio para no caer. Y no caía. Estaba muy concentrado en su canción cuando el tipo me mostró los dividís, le pregunté cuanto le debía y cuando fui a buscar mi billetera me di cuenta que no estaba. Me pareció muy raro. Estoy seguro de haberme cerciorado de tenerla en el bolsillo antes de entrar. Le dije. Nos pusimos a buscar. La mujer nos ayudó. Nada. Los dos me acompañaron a desandar el trayecto hasta el lugar donde nos habíamos encontrado. Para mí era obvio, pero no había nada en la actitud de ellos que me hiciera reaccionar; por el contrario, se mostraban preocupados como si su oficio fuera el más inocente, como si en su mundo la perdida de una billetera fuera un hecho difícil de aceptar. Me despedí resignado y me monté a un bus con lo poco que había dejado en el bolsillo.

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