Fragmento —

Llevábamos un rato en silencio cuando David empezó a hablar de cómo la sensación de estar ahí le recordaba una choza que había hecho cuando era niño, debía ser la placidez que sentía en ese momento la que imprimía tanta nitidez a lo que le oía decir de sus recuerdos. Contaba que junto a su casa había un lote baldío con la yerba tan crecida que con adentrarse unos pocos pasos ya era suficiente para dejar de ver la calle, para no ser visto, más adelante la altura del rastrojo disminuía y bajando una pendiente se llegaba a un árbol de eucalipto. Debió ser una tormenta o un viento muy fuerte lo que una vez dejó varias ramas resquebrajadas pendiendo casi a la altura del suelo, el espacio entre estas ramas y el tronco dio a David la idea de la choza. Rodeó el tronco con palos puestos en una forma cónica que cubrió con hojas y ramas, el resultado fue como uno de esos tipis que habitan algunos indígenas norteamericanos. Las tardes las pasaba allí como operario de una nave que viajaba a diferentes alturas de un árbol de altura infinita, cada piso tenía su propio tipo de habitantes que él había aprendido cómo tratar, la nave se encendía al canto de una canción que se iba haciendo más larga con cada nueva visita, así que llevaba un cuaderno con dibujos y anotaciones de las regiones arbóreas. Varias veces estuvo tentado de ir acompañado, pero temía que la nave no arrancara o lo que era peor, que se estropeara para siempre

Leave a Reply