Los Potros fue la primera y última incursión en la música de Abel Segafuerte antes de dedicarse por entero a hacer cine. El trayecto de Abel es uno bien contradictorio. Curioso que esas películas, en las que uno no acaba de estar seguro de la seriedad de la propuesta y en las que al final queda un dejo de chacota, de befa y chanza, hayan sido hechas por el mismo Abel, a quién su instinto de perfección le impidió seguir haciendo canciones. La música de los potros es una música pausada, insistente y bella desde que comienza hasta que acaba. Oírlo genera la sensación de estar muy quieto viendo una grabación en cámara lenta desde un plano subjetivo que describe el recorrido extraviado de alguien que busca su apartamento entre puertas que, aunque se insinúen como la suya, no lo conducen a él. Es un álbum que a cualquier otro hubiera dado la confianza para continuar algo que se anunciaba como una obertura; no obstante, para Abel esa faceta ya estaba cerrada independientemente de las buenas o malas críticas que recibiera su breve aparición. ¿Qué le motivó entonces a hacer algo que se tomaba con tanta seriedad pero que al mismo tiempo y desde esas mismas canciones, reconocía como fútil? Difícil no pensar que pueda tratarse de una etapa larvaria del humor absurdo que le ha dado el nombre que tiene como cineasta.
En las canciones de Los potros se percibe la admisión de un fracaso que no hiere, y no hiere no porque no exista el triunfo, sino porque reconoce que con los matices de la derrota se puede simular el éxito. Además, de lo buena que sea esta simulación depende hasta la vida; pero contando con que la calidad y el darse cuenta de este falseado está casi siempre lejos de nosotros mismos. Sin embargo, algunas veces se está en el umbral y el fulgor de algo mayor que no puede alcanzarse descubre que lo que hacemos es absurdo en la medida en que oculta algo mejor que nosotros no llegaremos a hacer. Justamente esa fricción, la del hacer haciendo mal, es la dificultad que a través de la música manifiesta Abel en lo que nos atesora.
Lo que nos atesora comienza con un sonido agudo, vibrante, como el de copas de cristal siendo frotadas con los dedos húmedos. Progresivamente van sonando campanilleos que se confunden con la tonalidad circular haciéndole perder su consistencia, como gotas que cayeran sobre una acuarela. La introducción termina siendo remolcada por una nota de guitarra acústica que la articula con la canción que comienza con ese: Puedo distraerme de lo que importa, si supiera qué es lo que importa / pero si supiera…
La canción parece apuntar a por lo menos dos circunstancias. Una de ellas podría tratarse del habitual problema del compositor que no logra hacer una canción tan buena como la que imagina. Otra, más cercana al propio Abel, consiste en estar convencido que sé es un artista de segunda mano y que hay una responsabilidad moral que llama a estar en silencio para no interponer obstáculos ni pistas falsas a quienes buscan a tientas las canciones mayores.

